Un hermoso día.
En el balcón de una de las grandes mansiones de la zona, en una que casi parecía un palacio, apoyada en la barandilla, se encontraba la joven hija de la familia Jenoîx, Elisa.
La joven observaba el lago que se divisaba desde el balcón con sus profundos ojos azules, como las aguas del lago.
Por detrás se le acercó su padre, y se puso a su lado.
-Un bonito paisaje, no hay duda, ya entiendo por qué te gusta tanto estar aquí.
Su hija lo miró, y asintió en silencio.
No era normal que su padre se acercase así a ella, aunque la quería mucho, y la protegía más; así que supo que algo ocurría.
-Tengo dos noticias para ti, cariño. La primera, es que el hijo de los Trineuve va a venir a pasar unos días.
Elisa frunció el ceño levemente, el hijo de lo Trineuve… Martin… lo conocía de cuando eran pequeños, sus padres eran amigos y acostumbraban a pasar las tardes de verano juntos, por lo que a ella no le quedaba más remedio que estar con él.
-Martin…- dijo en voz baja- No me acuerdo de su cara…
Su padre sonrió
-Es normal, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo viste ¿no?
Ella asintió en silencio.
-¿Cuál es la otra noticia?
-Que he decidido ponerte por fin a tu profesor de piano, como querías.
Su hija abrió mucho los ojos, y se lanzó al cuello de su padre, abrazándolo. Él acarició su suave melena rubia, feliz por su hija.
-Las clases comenzarán mañana a primera hora, pero el profesor vendrá esta noche para instalarse.
Se separó de la chica y se dispuso a irse, pero la voz de su hija le retuvo unos segundos más.
-¿Y qué pasará con Martin? ¿Cuándo viene?
-No lo sé, esta semana, pero no recuerdo el día exacto.
Finalmente se fue, dejando a su hija sola de nuevo, mirando al lago.
Esa noche, Elisa estaba sentada ante el piano que su padre le había regalado tiempo atrás, aunque no supiese tocarlo, la música siempre la había fascinado.
Tocaba distraídamente una sencilla pieza que había aprendido a fuerza de escucharla, era lo único que sabía tocar.
Llamaron a la puerta, y sin esperar contestación, en la sala entró su padre seguido de un joven de poco más de su edad, no llegaba a los veinticinco, seguro; que llevaba consigo un pequeño maletín.
-Elisa, te presento a tu nuevo profesor de piano, el señor Roistèr
-Jerôme- dijo él- Soy Jerôme.
La chica se levantó lentamente del piano.
-Encantada, espero que empezamos pronto las clases- dijo tendiendo una mano que él besó.
Elisa lo miró sonriendo; tenía los ojos de un negro intento, y el cabello castaño, revuelto.
-Si no os importa, es la hora de la cena, será mejor que bajemos.
Ambos asintieron ante el comentario del señor Jenoîx, y le acompañaron hasta el amplio comedor, lanzándose de vez en cuando miradas indiscretas.
La oscuridad era blanca. Tampoco exactamente del color de la nueve, sino que se adentraba en una neblina de claros grises que empalaban el blanco perfecto.
A veces, la niebla formaba extrañas imágenes a las que no sabía poner nombre, otras, esas imágenes se descubrían como quimeras de sueños y realidades pasadas, de aquellas de las que había tratado de deshacerse tantas veces, pero no podía ignorar debido al dolor que provocaban.
La mayoría de las veces, estas quimeras abrían su gama de color permitiendo que algo resaltase entre la niebla. Sus ojos. Aquel azul inmenso que lo inundaba todo a su paso, y que se clavaba en toda su realidad como si fuesen verdaderos puñales del más puro de los zafiros. Y cuando toda su realidad se teñía de azul, entonces deseaba volver a sumirse en su blanca oscuridad.
Aquella era siempre su rutina. Agarrarse a aquellas sábanas que se negaban a perder el perfume de aquella puel que tantas veces había jugado entre ellas, cerrar los ojos para volver a la niebla, la oscuridad que envolvía todo lo demás, y dejarse llevar por el aroma, que en su cabeza se convertía en música para la cual las quimeras de loa mejores sueños de antaño bailaban convirtiéndose en pesadillas.
No sabía si no quería o no podía afrontarlo, pero cuando abría los ojos volvía a buscar con desesperación aquella mirada que mantuviese su cordura atada a la realidad, aquel azul imposible en el cual ya no se perdía porque había aprendido de memoria.
Pero sabía que no los iba a encontrar allí, y el intento por atrapar las lágrimas cerrando los ojos las convertía en lúcidas imágenes de todas las veces que habían pasado juntos, dedicándose uno a otro su amor entre aquellas sábanas, perteneciéndose nada más que a ellos, disfrutando de todo tipo de besos, caricias, pero, sobre todo, de las más hermosas palabras que se hubiesen inventado jamás, especialmente creadas para su amor. Y todos esos recuerdos corrían alejándose de su memoria al mismo ritmo que el tiempo sin besos ni caricias pasaba implacable.
"Ya no está", eran las tres palabras que su mente no dejaba de repetirse en un juego cruel en el que siempre salía perdiendo. Pocas veces ganaba, y cuando lo conseguía no era por mucho tiempo. Siempre que ganaba decidía volver a la realidad, pero había algo con lo que nunca contaba. La realidad era aterradoramente negra, pues aunque estaba llena de luz, ésta se tornaba en el más oscuro ónice impidiendo que pudiese ver, ni siquiera atreverse a dar un paso. Y entonces volvía a la oscuridad. Porque la oscuridad era blanca.
Desde que llegó a aquella ciudad, siempre que se sentía triste o agobiada por algo, acudía al mismo lugar. Siempre se sentaba en el mismo banco del parque cuatro calles más allá de su casa, incluso cuando llovía, se quedaba como si fuese parte de aquel trozo de madera anclado al suelo de arena. Tampoco hacía nada especial en aquel banco, era, para cualquiera que los mirase, idéntico al resto de los que había en aquel parque. Pero para ella era especial, no sabría decir bien por qué. Quizá fue a fuerza de la rutina, o que tuviese la impresión de que aquel banco conocía todos sus problemas, y era capaz de abrazarla y reconfortarla sólo con sentarse en él y esperar que el tiempo pasase hasta que anocheciera.
Y realmente lo parecía, pues todos los problemas se despejaban de su mente al llegar allí, mirando al frente, al árbol que había justo en frente del banco, o bien mirando al suelo, dibujando con los pies en la arena. Siempre se quedaba con las manos en los bolsillos, imaginando que el problema no existía, o que vivía otra vida. Una vida en la que alguien la quería, en la que no se veía tan sola ni tenía que fingir con una sonrisa que todo le iba de perlas.
Muchas veces soñaba que paseaba por ese mismo parque de la mano de alguien. Alguien que la amase tanto como ella le amara, y con el que pudiese pasear cogidos de la mano ambos en silencio, hablando y entendiéndose el uno al otro sólo con mirarse a los ojos.
Otras veces, soñaba que dejaba de sentir. Eso era lo que más la calmaba casi siempre. Eliminaba todos los sentimientos que se aglomeraban en ella, se deshacía de la melancolía, de la tristeza, y todo lo que la impedía ser feliz, y disfrutaba de la sensación de vacío que sentía en su interior, imaginando que con tanto espacio sin ocupar, se colaba una ráfaga de aire frío que rejuvenecía todo su ser, dándole fuerzas para cuando las emociones volviesen a aparecer.
Así veía pasar los días, semanas y meses, disfrutaba del buen tiempo y sufría el malo sin importarle lo que hubiese más allá de su corazón, que cuando se sentaba allí se extendía a ocupar todo el banco, como si fuesen un solo ser.
Sin embargo un día eso cambió. Una tarde de finales de invierno, cuando fue a sentarse en su banco, vio que alguien ya lo había hecho. Le horrorizó el hecho de que alguien se hubiese sentado allí, como si se hubiesen apoderado de ella, y ni se fijó en quién era. Simplemente se sentó en su sitio de siempre, en una esquina del banco, y miró fijamente sus pies, haciendo dibujos mientras arrastraba los pies. Ese día tocaba deshacerse de sus sentimientos, quedarse en blanco por unas horas, pero la presencia de aquella persona en el banco le impedía liberarse a sí misma, como si hubiesen puesto una barrera que no la dejase expandirse.
Intentó incomodar a su “acompañante”, carraspeando varias veces y haciendo claras señas de que estaba incómoda con él allí, pero su intruso parecía no darse cuenta, absorbido en sí mismo; y, cansada por no lograr nada, comenzó a mirarle discretamente. Pelo negro, revuelto pero bien peinado a la vez con gomina, como si estuviese dando ese aire desaliñado con la gomina a propósito. Los ojos, de un color entre el más vivo verde y el más profundo de los negros, perdidos en sus pies, y las manos, como ella, en los bolsillos. Le pareció guapo, muy guapo, incluso demasiado guapo para que alguien como ella se atreviese a mirarle, y apartó la mirada de pronto, volviendo a sus pies, igual que hacía él.
Y así pasaron la tarde, en idéntica pose, cada uno perdido en sí mismo, sin una sola palabra ni un mínimo movimiento, como dos estatuas más.
Cuando anocheció, la primera en levantarse fue ella, emprendiendo el camino a casa, volviendo a enfadarse al levantarse del intruso que tenía de pronto, pero por otro lado se dijo que había sido un solo día, no pasaría nada.
Pero se equivocaba, pues al día siguiente, el chico volvía a estar allí. Idéntico peinado, idénticos rasgos serios, los mismos ojos clavados en sus zapatillas y las manos en los bolsillos. Y tampoco se dio por enterado cuando ella se sentó en la otra punta del banco. Ni movió, como ella, un solo músculo en toda la tarde.
Día tras día, comenzó a acostumbrarse a que él estuviese en el banco cuando ella llegase. Pero nunca hablaban. Cada uno se perdía en sus cosas… o no tan suyas, pues ella comenzó a preguntarse por él. Quizá como ella se sentase en el banco a pensar, a eliminar sus sentimientos, a hacer como que en el mundo no había nadie más que él. Puede que tuviese problemas con su novia, o con el trabajo, o cualquier otra cosa. Poco a poco comenzaba a dedicarle más tiempo a él que a sus propios problemas, preguntándose una y otra vez que tendría aquel alma triste que se sentaba junto a ella, y que podía sentir cómo se extendía por el banco hasta que llegaba a los límites del alma de ella, sin rozarla. Sí, podía sentir claramente su ser en aquel banco.
Pasadas semanas, siempre en silencio el uno al lado del otro, ella esperaba con impaciencia el momento de llegar al banco para volver a verle a él, o mejor dicho, para sentirle, pues no apartaba ni un solo momento los ojos de sus propios zapatos, pero eso no le impedía el sentirle a su lado, conocer su olor e incluso reconocer su respiración, que cada vez estaba más acompasada a la de ella. Incluso llegó a pensar que él no estaba allí por tristeza, como ella, sino que tenían cada tarde una cita silenciosa, a la que él acudía sólo por verla a ella.
Y tras meses, un día se atrevió a hablarle. Era verano, y a pesar del calor disfrutaban de una tarde más a pleno sol en aquel banco que, sin embargo, podía volverse tan frío como un bloque de hielo, dependiendo del día que tuviesen ambos. Ella estaba cansada de hacer conjeturas, de pensar una y otra vez por qué estaría el allí, y levantó la mirada de sus pies, dirigiéndola al árbol frente al banco.
-¿Eres feliz?- preguntó con voz temerosa, rota, pues tenía la boca seca, se dio cuenta al terminar de hablar.
Él levantó la mirada de sus pies, clavando sus ojos en los de ella, incrédulo, como si no pudiese entrar en su cabeza que ella se hubiese atrevido a hablar. Y consiguió ponerla nerviosa, porque, quizá él siempre iba a sentarse a otro banco, pero una chica le habló como acababa de hacer ella y decidió ir a uno donde no le molestasen. En ese caso no volvería al banco, no volverían a verse, pues ella acababa de romper un pacto de silencio que era casi sagrado entre ellos.
Sin embargo el chico esbozó una sonrisa traviesa, acercándose peligrosamente a ella, de tal modo que la chica ni se dio cuenta, pues mantenía sus ojos clavados en el rostro de él, en la sonrisa que la acababa de embelesar para siempre.
-Lo seré cuando me beses- dijo él, acercando su cabeza a la de ella, besándola despacio, en silencio. Y ella pudo sentir como la frialdad de las almas de ambos se fundían, convirtiéndose en un calor deliciosamente familiar, formando un solo ser.
Cuando cerraba los ojos, siempre se encontraba con cientos de mariposas dándole la bienvenida, con un campo de flores que la embriagaban con su perfume, mientras un sonido de agua a lo lejos borraba de su memoria todo con lo que se encontraba cuando su mirada volvía al mundo real.
Sabía lo que tenía que hacer, a sus diecisiete años, quedarse muy quieta en aquel lugar, con las mariposas, el campo, el ligero arroyo, no moverse, apenas respirar… y esperar. Era cuestión de tiempo, estaba segura. No podía evitar esbozar media sonrisa, nerviosa, y un cierto rubor en las mejillas, mientras apretaba levemente los puños por el nerviosismo de saber lo que se aproximaba.
No tuvo que esperar mucho. Al poco de estar allí, cambió el perfume de las flores, el sonido que hacía el arroyo se convirtió en el ruido de una respiración, mientras el aroma de un cuerpo la llenaba por completo. Podía reconocerle sólo por el sonido de la respiración que tenía, por el ritmo lento de sus pasos, no tenía que mirarle, ver su sonrisa, ni clavar su mirada en los ojos de él, para saber que se estaba acercando. Todo su cuerpo se lo gritaba, y más podía sentirle cuanto más se acercaba el chico.
Sonrió para sí, sin hacer el amago de moverse, quieta en aquel lugar, dejó que él se acercase por detrás, poniendo sus manos sobre los ojos de ella, sonriendo ambos por aquel juego. “¿Quién soy?” era la absurda pregunta que él siempre le hacía cuando se acercaba de ese modo, en aquel prado.
Ella no tenía ni que responder, claro, sólo coger con suavidad las manos de él y apartarlas de sus ojos, lo justo para girarse y abrazarse a él, apoyando la cabeza en su pecho, respirando tranquila. Esa era la serenidad que buscaba. Se sentía feliz, más que nunca en su vida, protegida.
Entonces era siempre cuando abría los ojos, encontrándose de nuevo sola en medio de gente tan gris como los edificios que se alzaban a su alrededor, gente que pasaba junto a ella como si se tratase de bólidos, pero incapaces de romper por completo aquella muñeca de porcelana en la que ella se veía reflejada. Siempre continuaba su camino con la mirada bien alta cuando sentía en su interior los brazos de su ángel guardián alrededor, sonriéndola mientras le susurraba en el oído que todo iba a ir bien, la promesa que no siempre se cumplía, pero que ella necesitaba sentir.
Siempre había odiado los finales tristes. Cuando veía que se avecinaban, solía salir de las salas de cine para quedarse con el buen recuerdo de la parte bonita de la película, o saltaba las hojas de los libros en las que narraban algo especialmente triste. Incluso dejó de ver los telediarios, prefiriendo vivir en su dulce mundo de ignorancia antes que afrontar todos los malos finales a los que la gente se enfrentaba cada día. Muertes, guerras. Gente que no sabía apreciar lo que tenía, que no hacía más que desperdiciar su vida, mientras ella se esforzaba por mantener la suya a flote. No se sentía a la deriva, pues tenía bien claro cuál era el destino que quería conseguir, pero en su inexperiencia, esa ignorancia que acababa de descubrir al salir de la burbuja donde todo se lo daban hecho y en todo tenía razón, no sabía cómo hacer ni hacia dónde ir para encontrar ese destino.
Pero estaba acostumbrada a esperar, era, como ella solía decirse a sí misma, lo que mejor se le daba, aparte de cerrar los ojos y ver con mayor claridad que al abrirlos. Esperar, para todo, por todo. Ciertamente para algunas cosas no tenía paciencia, pero para otras, las cosas que sabía que eran imprescindibles en su vida, y que por tanto iban a llegar antes o después, para esas cosas importantes esperaba sin importarle cuánto. Por tanto, aunque no supiese bien hacia dónde debía dirigirse, era capaz de esperar a que un barco apareciese junto a ella para indicarle.
Sin embargo, algunas veces sí que se perdía. Eran esas veces en las que, por más que cerrase los ojos, su ángel no aparecía, no había abrazo, ni susurros calmantes, palabras de cariño infinito, mezcladas con el dulce amor que se dedicaban. Esas ocasiones eran su peor pesadilla, y entonces hacía lo posible por no cerrar jamás los ojos. Eran las ocasiones en las que sentía miedo. No era miedo por ella, por lo que pudiese pasarle, sino miedo por lo que pudiese pasarle a él. Miedo a perderle, a que la espera no diese sus frutos, miedo a perder el destino al que quería llegar.
Sacudió la cabeza. Era absurdo pensar en esas cosas, y más aquel día. Ese día se acababa de verdad la espera, y los puños se le cerraban por el nerviosismo igual que en sus fantasías, mientras se le escapaba de las comisuras de los labios una sonrisa histérica, en cierto modo incrédula por saber que todo terminaba, aunque, en realidad, no estaba haciendo más que empezar. Mirando el reloj, decidió apresurarse, y avanzó con rapidez por la estación de tren, apoyándose en una columna mientras veía a los vagones marcharse del andén, mientras algunos rezagados a la hora de cogerlo lo perseguían sin mucho convencimiento, sabiendo que era una batalla perdida.
Ella tragó saliva. Pensando en aquella metáfora sobre los trenes y la vida. Se alegraba de haber podido coger el suyo a tiempo.
Y en ese momento, algo impidió que continuase pensando con normalidad, era un sonido, un olor, tan familiar como a la vez extraño, y de pronto, unas manos en sus ojos, posándose con suavidad. “¿Quién soy?” escuchó dulcemente tras ella. Desde luego, cómo se alegraba de no haber perdido su tren.
Era un día como otro cualquiera, nublado, frío y húmedo. No llovía, pero desde luego, estaba a punto.
Hacía mucho que no pisaba la ciudad, desde que decidió marcharse a la capital para formarse. Tenía muchos sueños en su juventud, y no le importó dejarlo todo para cumplirlos. Sus compañeros de la infancia, sus verdaderos amigos, su familia, todo se había quedado en el pueblo mientras ella viajaba a Madrid dispuesta a convertirse en la mejor actriz de todos los tiempos.
Pronto, claro, había desechado la idea, y en una ciudad aún desconocida para ella, comenzó una nueva vida, tratando de retomarla en el mismo punto donde la había dejado en su Asturias natal. Se unió a la universidad, terminó una carrera, y por supuesto, reconstruyó su círculo íntimo de amigos.
Con su ciudad natal no había vuelto a tener relación en los treinta años que había estado fuera. Ni siquiera su familia, que en los años setenta veía como una locura que su hija, de diecisiete, decidiese ser actriz, e incluso renegaron de ser sus padres cuando llegaron al pueblo las imágenes del destape, donde su hija en más de una ocasión, y en un papel más que mediocre, mostraba los senos como si fuese algo normal en ella, pero desde luego, no en el pequeño pueblecito asturiano donde había crecido.
Ahora, con cuarenta y siete, con los sueños de fama frustrados, y la cabeza bien asentada tras formar incluso su propia familia, estaba allí para algo a lo que no se habría imaginado que sería la razón por la que volvería a su tierra natal, quizá la peor excusa posible. El fallecimiento de su madre, cuatro años después del de su padre, había sido el motor que la había llevado hasta allí.
Paseaba por las calles, pensando en todo lo que conllevaba encontrarse en el mundo huérfana, aunque, realmente, en su edad ya había pensado más de una vez que lo era, pues era la pequeña de seis hermanos, y con el más joven tras ella se llevaba ya siete años.
Todo estaba igual en el pueblo, parecía que el tiempo no hubiese pasado, y que el pueblo se hubiese estancado en 1979, sin haber entrado nunca en el siglo XXI. Las mismas calles empedradas, los mismos parques, los bancos viejos, algunos ya incluso oxidados y... sí, la heladería de la esquina, que avisaba de su estado con un gran cartel en forma de cucurucho, adornado con una bola de helado de fresa, aunque el rosa ya estaba apagado, pero por lo demás, no había más cambios a cuando ella era niña.
Entonces fue cuando ocurrió. Un grupo de unos ocho hombres y mujeres estaban sentados en unos bancos del parque, y ella sonrió débilmente, ¿cómo podía acordarse de ellos? e incluso, ¿de verdad ellos habían continuado la tradición? Por supuesto que sí. Tras treinta años, todos los domingos por la mañana, el grupo de amigos se reunía en el mismo banco del parque para charlar animadamente de lo ocurrido en la semana, haciendo cada uno un balance personal, mientras comían uno de los helados de la famosa heladería del pueblo, sin importar que estuviese nevando, diluviando, o el sol no diese tregua, siempre era así.
La mujer se acercó con paso algo más rápido, sin darse cuenta, pero paró cuando miró la mirada de uno de aquellos hombres. Claro que le había reconocido, era su primer amor, aquel al que había dejado con la promesa de volver cuando se convirtiese en una estrella, pero al que había olvidado en el momento en que vio la cama del primer director con el que tuvo un casting para conseguir un papel, por no hablar del momento en que conoció al que en ese momento era su marido, y que en ese instante dormía ajeno a todo en la habitación de hotel más vieja de todo Asturias.
Sin embargo, el hombre no la había reconocido a ella, por eso la mirada con la que la mujer se había encontrado era de absoluta sorpresa, no era común ver caras nuevas en el pueblo.
La mujer sonrió levemente, dando media vuelta. No era como había imaginado el reencuentro con sus viejos amigos, desde luego, pero no había roto su promesa, para ellos no había regresado, aún tenía que convertirse de algún modo en una estrella, y de todos modos, se alegró, era la única muestra de que de verdad que había tenido de que el tiempo sí había pasado.
Corría, no le importaba a dónde iba, simplemente sabía que tenía que correr, y no parar nunca.
No le importó que estuviese lloviendo, no le importó que se estuviese mojando, ni que perdiese una de las zapatillas por el camino; simplemente corría, con los ojos inundados de lágrimas, notando como su cara se veía empapada.
No paró hasta llegar a un acantilado a las afueras del pueblo, justo en el borde, respirando entrecortadamente, y llorando todavía, empezó a darle patadas a las cosas, a gritar su desesperación.
No pensaba parar; no hasta que se hubiese desahogado totalmente.
Había aguantado demasiado tiempo sin decir nada, quería hacerse notar, una parte de sí misma estaba deseando que así fuese, mientras que otra deseaba con toda su alma permanecer oculta para siempre, no volver a saber nada del mundo, ni que el mundo supiese de ella.
Miró hacia el acantilado, ahora viéndolo con una perspectiva diferente.
Acababa de tomar una decisión, la más importante de su vida, y de su muerte.
Se secó las lágrimas con la palma de las manos, aunque no notó ninguna diferencia, porque seguía lloviendo, y estaba empapada.
Se puso de pie ante el acantilado, mirando al horizonte, contemplando por última vez el paisaje que tanto la gustaba, el único sitio en el que podía sentirse en paz; el mar.
Fue la primera vez que lo vio de aquella manera, en una fuerte tempestad, vio como las olas golpeaban contra la piedra, muriendo entre un fuerte golpe.
Le dio miedo, pero no se echó atrás.
Cerró los ojos, suspirando, sabía que podía hacerlo, sabía que tenía que hacerlo, no podía seguir así.
Entonces notó como alguien la agarraba del brazo.
Se giró, y le vio a él.
-¿Qué estás haciendo?- la preguntó secamente, agarrándola fuertemente por la muñeca.
Ella trató de soltarse, pero no lo consiguió
-Déjame- dijo, notando como de nuevo empezaba a llorar.- Vete, te vas a mojar.
-Tú también te estás mojando- replicó él- ¿Por qué lo haces?
Ella no aguantó más, lo miró a los ojos, y se echó a llorar.
-Porque te quiero- contestó.
-¿Y por eso me dejas solo?, ¿por eso me abandonas?
-Es lo mejor.
Él la atrajo hacia sí, abrazándola.
-No lo hagas- le dijo al oído- no me abandones, no ahora.
Ella se liberó del abrazo fácilmente
-¿Qué más te da lo que haga?-dijo fríamente.
-No huyas, no seas cobarde, ese es el camino fácil.
Ella bajó la mirada.
-No lo hagas- pidió el de nuevo, mirándola con infinita ternura en sus ojos- ¿De verdad es lo que quieres? ¿Quieres morir sin saber que hubiese ocurrido si no lo hubieses hecho? ¿Vas a morir sin que pueda decirte que te quiero?
Ella lo miró con sorpresa, pero sin dejar de llorar.
-Te quiero- dijo él.
Ella se dejó caer de rodillas, llorando.
Él se agachó y la abrazó, tratando de consolarla.
-¿Por qué no he podido?- dijo ella apoyando la mejilla en su hombro
-Porque me quieres, y porque te quiero, y porque teníamos que estar juntos si así era.
Él la besó con ternura, y la secó las lágrimas.
-Porque te quiero
Me gusta cuado duermes.
Acaricio tu mejilla, sonriendo.
Ni te inmutas, tampoco cuando paso la mano por tu cabello, ni cuando te beso suavemente en la mejilla; pero no me importa, porque me gusta verte a ti sin que tú me veas; así, con tus ojos cerrados y sonriendo apaciblemente, en silencio.
Sonrío yo también, y tumbándome de nuevo sobre las finas sábanas de seda roja, especiales para esta ocasión, me abrazo a ti, apoyando la cabeza en tu pecho y acariciando tu espalda con los dedos, buscando tu calor.
Me da igual que no correspondas al abrazo, que tu pecho no se mueva lentamente ni tu corazón lata; que al acariciarte me manche los dedos del rojizo color de tu sangre, ni que no encuentre calor en ti. Me da igual, porque me gusta verte dormir, y ahora dormirás conmigo para siempre.
Dejó la maleta en el suelo.
Todo estaba como siempre, aunque lleno de polvo, como era de esperar.
No recordaba haber colgado tosas esas sábanas sobre los muebles, tampoco a alguien que pudiese haberlo hecho en su ausencia, pero así era. Todo lleno de grandes sábanas blancas, visiblemente antiguas, y de mala calidad, o al menos una de las dos cosas, cubriendo los muebles que tan familiares le eran, y sobre éstas una gruesa capa de polvo, casi formando tres sábanas más sobre las verdaderas.
Sólo de haber dejado la maleta en el suelo, se había levantado una polvareda, y notaba el picor característico en la nariz, casi como cosquillas, pero no llegó a estornudar, por lo que el cosquilleo se unió al que le recorría el cuerpo entero al sentir la familiaridad de estar de nuevo en casa.
Pronto terminó por ponerse en movimiento, de nada servía la parálisis momentánea recordando cómo era todo antes de marcharse, si no volvía a entrar en esa familiaridad.
Lo primero que hizo fue sacar de un tirón todas las sábanas, volviendo al conocido mobiliario del salón donde había crecido.
No le importó el mezclarse con la nube de polvo que se había densificado en medio de la estancia, no paró, y continuó por toda la casa, deshaciéndose de las sábanas que cubrían todo. El estudio, las camas, el viejo televisor, todo, ¿quién había sido el que lo había cubierto todo? ¿quién le había dado permiso para ocultar todo aquello como si fuese algo de lo que avergonzarse?
Cuando terminó, se dejó caer en el suelo, en medio de todos aquellos recuerdos que le bombardeaban la memoria, respirando el polvo con aroma a familiaridad, a regreso. Estaba en casa.