La oscuridad era blanca. Tampoco exactamente del color de la nueve, sino que se adentraba en una neblina de claros grises que empalaban el blanco perfecto.
A veces, la niebla formaba extrañas imágenes a las que no sabía poner nombre, otras, esas imágenes se descubrían como quimeras de sueños y realidades pasadas, de aquellas de las que había tratado de deshacerse tantas veces, pero no podía ignorar debido al dolor que provocaban.

La mayoría de las veces, estas quimeras abrían su gama de color permitiendo que algo resaltase entre la niebla. Sus ojos. Aquel azul inmenso que lo inundaba todo a su paso, y que se clavaba en toda su realidad como si fuesen verdaderos puñales del más puro de los zafiros. Y cuando toda su realidad se teñía de azul, entonces deseaba volver a sumirse en su blanca oscuridad.

Aquella era siempre su rutina. Agarrarse a aquellas sábanas que se negaban a perder el perfume de aquella puel que tantas veces había jugado entre ellas, cerrar los ojos para volver a la niebla, la oscuridad que envolvía todo lo demás, y dejarse llevar por el aroma, que en su cabeza se convertía en música para la cual las quimeras de loa mejores sueños de antaño bailaban convirtiéndose en pesadillas.

No sabía si no quería o no podía afrontarlo, pero cuando abría los ojos volvía a buscar con desesperación aquella mirada que mantuviese su cordura atada a la realidad, aquel azul imposible en el cual ya no se perdía porque había aprendido de memoria.

Pero sabía que no los iba a encontrar allí, y el intento por atrapar las lágrimas cerrando los ojos las convertía en lúcidas imágenes de todas las veces que habían pasado juntos, dedicándose uno a otro su amor entre aquellas sábanas, perteneciéndose nada más que a ellos, disfrutando de todo tipo de besos, caricias, pero, sobre todo, de las más hermosas palabras que se hubiesen inventado jamás, especialmente creadas para su amor. Y todos esos recuerdos corrían alejándose de su memoria al mismo ritmo que el tiempo sin besos ni caricias pasaba implacable.

"Ya no está", eran las tres palabras que su mente no dejaba de repetirse en un juego cruel en el que siempre salía perdiendo. Pocas veces ganaba, y cuando lo conseguía no era por mucho tiempo. Siempre que ganaba decidía volver a la realidad, pero había algo con lo que nunca contaba. La realidad era aterradoramente negra, pues aunque estaba llena de luz, ésta se tornaba en el más oscuro ónice impidiendo que pudiese ver, ni siquiera atreverse a dar un paso. Y entonces volvía a la oscuridad. Porque la oscuridad era blanca.

Desde que llegó a aquella ciudad, siempre que se sentía triste o agobiada por algo, acudía al mismo lugar. Siempre se sentaba en el mismo banco del parque cuatro calles más allá de su casa, incluso cuando llovía, se quedaba como si fuese parte de aquel trozo de madera anclado al suelo de arena. Tampoco hacía nada especial en aquel banco, era, para cualquiera que los mirase, idéntico al resto de los que había en aquel parque. Pero para ella era especial, no sabría decir bien por qué. Quizá fue a fuerza de la rutina, o que tuviese la impresión de que aquel banco conocía todos sus problemas, y era capaz de abrazarla y reconfortarla sólo con sentarse en él y esperar que el tiempo pasase hasta que anocheciera.

Y realmente lo parecía, pues todos los problemas se despejaban de su mente al llegar allí, mirando al frente, al árbol que había justo en frente del banco, o bien mirando al suelo, dibujando con los pies en la arena. Siempre se quedaba con las manos en los bolsillos, imaginando que el problema no existía, o que vivía otra vida. Una vida en la que alguien la quería, en la que no se veía tan sola ni tenía que fingir con una sonrisa que todo le iba de perlas.

Muchas veces soñaba que paseaba por ese mismo parque de la mano de alguien. Alguien que la amase tanto como ella le amara, y con el que pudiese pasear cogidos de la mano ambos en silencio, hablando y entendiéndose el uno al otro sólo con mirarse a los ojos.
Otras veces, soñaba que dejaba de sentir. Eso era lo que más la calmaba casi siempre. Eliminaba todos los sentimientos que se aglomeraban en ella, se deshacía de la melancolía, de la tristeza, y todo lo que la impedía ser feliz, y disfrutaba de la sensación de vacío que sentía en su interior, imaginando que con tanto espacio sin ocupar, se colaba una ráfaga de aire frío que rejuvenecía todo su ser, dándole fuerzas para cuando las emociones volviesen a aparecer.

Así veía pasar los días, semanas y meses, disfrutaba del buen tiempo y sufría el malo sin importarle lo que hubiese más allá de su corazón, que cuando se sentaba allí se extendía a ocupar todo el banco, como si fuesen un solo ser.

Sin embargo un día eso cambió. Una tarde de finales de invierno, cuando fue a sentarse en su banco, vio que alguien ya lo había hecho. Le horrorizó el hecho de que alguien se hubiese sentado allí, como si se hubiesen apoderado de ella, y ni se fijó en quién era. Simplemente se sentó en su sitio de siempre, en una esquina del banco, y miró fijamente sus pies, haciendo dibujos mientras arrastraba los pies. Ese día tocaba deshacerse de sus sentimientos, quedarse en blanco por unas horas, pero la presencia de aquella persona en el banco le impedía liberarse a sí misma, como si hubiesen puesto una barrera que no la dejase expandirse.
Intentó incomodar a su “acompañante”, carraspeando varias veces y haciendo claras señas de que estaba incómoda con él allí, pero su intruso parecía no darse cuenta, absorbido en sí mismo; y, cansada por no lograr nada, comenzó a mirarle discretamente. Pelo negro, revuelto pero bien peinado a la vez con gomina, como si estuviese dando ese aire desaliñado con la gomina a propósito. Los ojos, de un color entre el más vivo verde y el más profundo de los negros, perdidos en sus pies, y las manos, como ella, en los bolsillos. Le pareció guapo, muy guapo, incluso demasiado guapo para que alguien como ella se atreviese a mirarle, y apartó la mirada de pronto, volviendo a sus pies, igual que hacía él.
Y así pasaron la tarde, en idéntica pose, cada uno perdido en sí mismo, sin una sola palabra ni un mínimo movimiento, como dos estatuas más.

Cuando anocheció, la primera en levantarse fue ella, emprendiendo el camino a casa, volviendo a enfadarse al levantarse del intruso que tenía de pronto, pero por otro lado se dijo que había sido un solo día, no pasaría nada.
Pero se equivocaba, pues al día siguiente, el chico volvía a estar allí. Idéntico peinado, idénticos rasgos serios, los mismos ojos clavados en sus zapatillas y las manos en los bolsillos. Y tampoco se dio por enterado cuando ella se sentó en la otra punta del banco. Ni movió, como ella, un solo músculo en toda la tarde.

Día tras día, comenzó a acostumbrarse a que él estuviese en el banco cuando ella llegase. Pero nunca hablaban. Cada uno se perdía en sus cosas… o no tan suyas, pues ella comenzó a preguntarse por él. Quizá como ella se sentase en el banco a pensar, a eliminar sus sentimientos, a hacer como que en el mundo no había nadie más que él. Puede que tuviese problemas con su novia, o con el trabajo, o cualquier otra cosa. Poco a poco comenzaba a dedicarle más tiempo a él que a sus propios problemas, preguntándose una y otra vez que tendría aquel alma triste que se sentaba junto a ella, y que podía sentir cómo se extendía por el banco hasta que llegaba a los límites del alma de ella, sin rozarla. Sí, podía sentir claramente su ser en aquel banco.

Pasadas semanas, siempre en silencio el uno al lado del otro, ella esperaba con impaciencia el momento de llegar al banco para volver a verle a él, o mejor dicho, para sentirle, pues no apartaba ni un solo momento los ojos de sus propios zapatos, pero eso no le impedía el sentirle a su lado, conocer su olor e incluso reconocer su respiración, que cada vez estaba más acompasada a la de ella. Incluso llegó a pensar que él no estaba allí por tristeza, como ella, sino que tenían cada tarde una cita silenciosa, a la que él acudía sólo por verla a ella.

Y tras meses, un día se atrevió a hablarle. Era verano, y a pesar del calor disfrutaban de una tarde más a pleno sol en aquel banco que, sin embargo, podía volverse tan frío como un bloque de hielo, dependiendo del día que tuviesen ambos. Ella estaba cansada de hacer conjeturas, de pensar una y otra vez por qué estaría el allí, y levantó la mirada de sus pies, dirigiéndola al árbol frente al banco.
-¿Eres feliz?- preguntó con voz temerosa, rota, pues tenía la boca seca, se dio cuenta al terminar de hablar.

Él levantó la mirada de sus pies, clavando sus ojos en los de ella, incrédulo, como si no pudiese entrar en su cabeza que ella se hubiese atrevido a hablar. Y consiguió ponerla nerviosa, porque, quizá él siempre iba a sentarse a otro banco, pero una chica le habló como acababa de hacer ella y decidió ir a uno donde no le molestasen. En ese caso no volvería al banco, no volverían a verse, pues ella acababa de romper un pacto de silencio que era casi sagrado entre ellos.

Sin embargo el chico esbozó una sonrisa traviesa, acercándose peligrosamente a ella, de tal modo que la chica ni se dio cuenta, pues mantenía sus ojos clavados en el rostro de él, en la sonrisa que la acababa de embelesar para siempre.
-Lo seré cuando me beses- dijo él, acercando su cabeza a la de ella, besándola despacio, en silencio. Y ella pudo sentir como la frialdad de las almas de ambos se fundían, convirtiéndose en un calor deliciosamente familiar, formando un solo ser.

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Sueños, pesadillas y fantasías que se crean paso a paso...

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