Cuando cerraba los ojos, siempre se encontraba con cientos de mariposas dándole la bienvenida, con un campo de flores que la embriagaban con su perfume, mientras un sonido de agua a lo lejos borraba de su memoria todo con lo que se encontraba cuando su mirada volvía al mundo real.

Sabía lo que tenía que hacer, a sus diecisiete años, quedarse muy quieta en aquel lugar, con las mariposas, el campo, el ligero arroyo, no moverse, apenas respirar… y esperar. Era cuestión de tiempo, estaba segura. No podía evitar esbozar media sonrisa, nerviosa, y un cierto rubor en las mejillas, mientras apretaba levemente los puños por el nerviosismo de saber lo que se aproximaba.

No tuvo que esperar mucho. Al poco de estar allí, cambió el perfume de las flores, el sonido que hacía el arroyo se convirtió en el ruido de una respiración, mientras el aroma de un cuerpo la llenaba por completo. Podía reconocerle sólo por el sonido de la respiración que tenía, por el ritmo lento de sus pasos, no tenía que mirarle, ver su sonrisa, ni clavar su mirada en los ojos de él, para saber que se estaba acercando. Todo su cuerpo se lo gritaba, y más podía sentirle cuanto más se acercaba el chico.

Sonrió para sí, sin hacer el amago de moverse, quieta en aquel lugar, dejó que él se acercase por detrás, poniendo sus manos sobre los ojos de ella, sonriendo ambos por aquel juego. “¿Quién soy?” era la absurda pregunta que él siempre le hacía cuando se acercaba de ese modo, en aquel prado.

Ella no tenía ni que responder, claro, sólo coger con suavidad las manos de él y apartarlas de sus ojos, lo justo para girarse y abrazarse a él, apoyando la cabeza en su pecho, respirando tranquila. Esa era la serenidad que buscaba. Se sentía feliz, más que nunca en su vida, protegida.

Entonces era siempre cuando abría los ojos, encontrándose de nuevo sola en medio de gente tan gris como los edificios que se alzaban a su alrededor, gente que pasaba junto a ella como si se tratase de bólidos, pero incapaces de romper por completo aquella muñeca de porcelana en la que ella se veía reflejada. Siempre continuaba su camino con la mirada bien alta cuando sentía en su interior los brazos de su ángel guardián alrededor, sonriéndola mientras le susurraba en el oído que todo iba a ir bien, la promesa que no siempre se cumplía, pero que ella necesitaba sentir.


Siempre había odiado los finales tristes. Cuando veía que se avecinaban, solía salir de las salas de cine para quedarse con el buen recuerdo de la parte bonita de la película, o saltaba las hojas de los libros en las que narraban algo especialmente triste. Incluso dejó de ver los telediarios, prefiriendo vivir en su dulce mundo de ignorancia antes que afrontar todos los malos finales a los que la gente se enfrentaba cada día. Muertes, guerras. Gente que no sabía apreciar lo que tenía, que no hacía más que desperdiciar su vida, mientras ella se esforzaba por mantener la suya a flote. No se sentía a la deriva, pues tenía bien claro cuál era el destino que quería conseguir, pero en su inexperiencia, esa ignorancia que acababa de descubrir al salir de la burbuja donde todo se lo daban hecho y en todo tenía razón, no sabía cómo hacer ni hacia dónde ir para encontrar ese destino.


Pero estaba acostumbrada a esperar, era, como ella solía decirse a sí misma, lo que mejor se le daba, aparte de cerrar los ojos y ver con mayor claridad que al abrirlos. Esperar, para todo, por todo. Ciertamente para algunas cosas no tenía paciencia, pero para otras, las cosas que sabía que eran imprescindibles en su vida, y que por tanto iban a llegar antes o después, para esas cosas importantes esperaba sin importarle cuánto. Por tanto, aunque no supiese bien hacia dónde debía dirigirse, era capaz de esperar a que un barco apareciese junto a ella para indicarle.


Sin embargo, algunas veces sí que se perdía. Eran esas veces en las que, por más que cerrase los ojos, su ángel no aparecía, no había abrazo, ni susurros calmantes, palabras de cariño infinito, mezcladas con el dulce amor que se dedicaban. Esas ocasiones eran su peor pesadilla, y entonces hacía lo posible por no cerrar jamás los ojos. Eran las ocasiones en las que sentía miedo. No era miedo por ella, por lo que pudiese pasarle, sino miedo por lo que pudiese pasarle a él. Miedo a perderle, a que la espera no diese sus frutos, miedo a perder el destino al que quería llegar.


Sacudió la cabeza. Era absurdo pensar en esas cosas, y más aquel día. Ese día se acababa de verdad la espera, y los puños se le cerraban por el nerviosismo igual que en sus fantasías, mientras se le escapaba de las comisuras de los labios una sonrisa histérica, en cierto modo incrédula por saber que todo terminaba, aunque, en realidad, no estaba haciendo más que empezar. Mirando el reloj, decidió apresurarse, y avanzó con rapidez por la estación de tren, apoyándose en una columna mientras veía a los vagones marcharse del andén, mientras algunos rezagados a la hora de cogerlo lo perseguían sin mucho convencimiento, sabiendo que era una batalla perdida.


Ella tragó saliva. Pensando en aquella metáfora sobre los trenes y la vida. Se alegraba de haber podido coger el suyo a tiempo.
Y en ese momento, algo impidió que continuase pensando con normalidad, era un sonido, un olor, tan familiar como a la vez extraño, y de pronto, unas manos en sus ojos, posándose con suavidad. “¿Quién soy?” escuchó dulcemente tras ella. Desde luego, cómo se alegraba de no haber perdido su tren.

Caminantes

El camino

Sueños, pesadillas y fantasías que se crean paso a paso...

Paseos impresos

  • Peter Pan
  • Crónicas Vampíricas
  • El tributo de la corte oscura
  • La casa de Bernarda Alba
  • La dama y el unicornio
  • Alicia en el país de las maravillas
  • Tres sombreros de copa
  • Historia de una escalera
  • Crepúsculo
  • PD: Te amo
  • Tengo ganas de ti
  • Tres metrossobre el cielo
  • Leyendas del Reino Olvidado I: La última esperanza

Compañeros de viaje

Posibles destinos

  • Aprender a volar cerrando los ojos
  • Perder los miedos
  • Recorrer todas las lineas de metro de Madrid
  • Tener una ardilla
  • No dejar nunca de quererte
  • No ahogar más letras, aliarme con la tinta
  • Llorar menos
  • Seguir sonriendo
  • No dejar nunca de sorprenderme
  • Llegar, al menos, a cinco de estos destinos
  • Vivir en Barcelona
  • Disfrutar cada paseo
  • Tener dos gatos: Neko y Kissa
  • Ser mami (a ratos)
  • Atrapar nuevos sueños salvajes
  • Soñar despierta cada día, a cada hora
  • Ser feliz
  • Viajar a Japón
  • Empezar nuevos y mejores paseos
  • Terminar este camino hasta llegar a ti
  • Dejar de ver el lado malo a todo
  • Estudiar muchos idiomas distintos
  • Sacarme una carrera
  • Viajar a Grecia